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El limosnero de Dios:
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Pero la caridad de Martín supo hallar medio para socorrer necesidaes de sus prójimos o mejor diré no hubo necesidad a que él no atendiese con solicitud, procurando remediarla. Los pobres hallaron en él un padre. Por ellos se convirtió en limosmero y tan buena mañana se dio para ruenir que asombra ver las cantidades de sus manos pasaron a las de los menesterosos.
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Cuando su santidad se impuso y sus superiores le concedieron mayor libertad de acción, Martín disrtibuía los días de la semana, como refiere su confidente y protegido Juan Vásquez de la Parra, de la siguiente manera: Lo que juntaba el lunes se aplicaba con lo recogido el sábado para misas, que mandaba decir a favor de las benditas ánimas; el martes y jueves recogía para 160 pobres, a las cuales citaba los sábados , repartiéndoles de ordinario 400 pesos; el jueves y viernes mendigaba para socorrer a clérigos pobres y la colecta de los domingos, que no era mucha , porque este día no se dejaba ver tanto de sus favorecedores , la destinaba a la compra de frazadas y camisas que luego repartía a algunas pobres negras y españolas. De este modo andaba toda ocupado en el socorro de sus hermanos, sin por ello descuidase las obligaciones de su cargo en el convento.
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Conociendo su caridad, muchas personas y entre ellas el Arzobispo don Pedro de Villagómez y el conde de Chinchón le tomaron como instrumento para hacer el bien.. Uno y otro le favorecían con gruesas limosnas y el segundo, según atestigua el mismo Vásquez, solía darle todos los meses cien pesos. Se ve bien claro la generosidad con que le ayudaban en esta tarea , su sobrina Catalina de Porras contrajo matrimonio con Melchor de González, español. Un domingo, estando ya concertado el casamiento, me dio un papel, dice el ya citado Juan Vásquez de la Parra, para su amigo el regidor Figuieroa. Después de leerlo, le dio por contestación: "Dirás a fray Martín que a mí me doy el parabien y la norabuena del casamiento y que, desde luego, por mi parte puede contar con lo pide y a todos mis amigos hablaré el lunes o martes a fin de que cada uno acuda con todo lo que pueda y, que se hagan al punto las amonestaciones pues quiero ser uno de los testigos". Martín, al recibir esta nueva, se fue a casa del Arzobispo. Entró al Palacio y, al verlo el Prelado, lo alzó del suelo y le echó los brazos, preguntándole con amor qué se le ofrecía. Le contó Martín el caso y el Arzobispo mandó a llamar a punto a un notario eclesiástico, de apellido Oviedo, y le ordenó extendiese la licencia necesaria e indicó a Matrín que podía enviar a Martín por mil pesos que era la ayuda que el quería ofrecer para el casamineto. Agradeció humildemente el Santo la generosidad de don Pedro de Villagómez, y señalando a Juan Vásquez que le acompañaba , le dijo que a aquel muchacho se podían entregar esos pesos, como en efecto se le entregaron en tres días.
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El lunes, el la mañana, fueron al almacén de Figueroa y éste le entregó a Martin 1,500 patacones, un vestido de paño de Castilla y una pieza de ruán para sábanas, advirtiéndole que volviese a la tarde, pues para entonces ya tendría comprometidos los mercaderes de la calle. Cuando esa tarde Mrtín embocó por la esquina de las Mantas, salieron a darle los parabienes los dueños de las tiendas más cercanas y unos le ofrecían unos 500 pesos, otros 300 ó 200, de modo que en hora y media que tardaron en recorrer toda la calle, se juntaron hasta 7,000 pesos , fuera de tres piezas de ruán y otros dos cortes de paño de Castilla. Se dieron cuenta en plaza vecina de loque ocurría y entre las negras fruteras que allí tenían sus puestos de venta y otros negociantes se recogieron otros 2,000 pesos, de modo que los dados por el Arzobispo alcanzó lo colectado a la suma de 11,000 pesos.
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Sus amigos , los médicos, cirujanos y barberos , no quisieron ser menos y en los días siguientes vinieron al convento los doctores Villareal y Zuñiga, los barberos Utrilla y Juan Crespo y otros, juntándose entre todos dos mil pesos. Para la dote de la sobrina había más que de sobra y Martín dispuso que de aquella cantidad se le entregasen 5,000 pesos, más toda la ropa que se juntado; con el resto compró un negro para la lavandería del convento; hizo limpiar el sitio que luego vino a ocupar la carpintería y surtió de la ropa que hacía falta a la enfermería, mirando de este modo por el bienestar de sus hermasos religiosos, como lo pedía la bien ordenada ley de la caridad. ¡Cuán exacto cumplimiento tenía en él las palabras de los libros santos: date et dabitur vobis. Dad y se os dará! eran sus manos como arcaduces por donde corría inagotable el venero de la beneficencia de Dios.
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A la limosma que socorre las necesidades del cuerpo supo añadir la de los buenos consejos . Se hallaba su sobrina, Catalina de Porras, mujer de Melchor González, en compañía de su madre y de su padrasto en el campo de don Gabriel de Castilla, a media legua de la ciudad y un día se trabaron de palabras unos y otros, tanto que Catalina tomó la determinación de marcharse a la cuidad, sin preparar de comer y mandó se aparejasen las mulas. A eso de la una de la tarde se presentó Martín de improviso. Venía a pie con un bordón en la mano y una canasta debajo del brazo, en la cual traía unas empanadas, frutas y vino y, como quien tenía noticia del suceso, dijo a su sobrina que venía a holgarse con ellos, pues no era razón que no hubiese paz entre marido y mujer. Se hicieron las amistades y comieron todos el almuerzo que les había traído el solícito pacificador, quedándose en el campo como si nada hubiera ocurrido. A la noche subió Martín al cerro vecino y en la mañana volvió a la casa a despedirse. Cuando unos días más tarde refería el caso a fray Fernando de Aragones la hermana del Santo, no podía salir de su asombro, pues, siendo su compañero en la enfermería en ningún momento había advertido que faltase del convento.
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Fuente:
http://peru.op.org/santos/sanmartin/limosnero.html


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